Se siente así.
La noche cerrada se mantiene detrás de uno de los dos horizontes principales de la calle. Y sobre ella, por la otra cara, amanece con azules y rosas amargos, hacia donde se camina.
El cuerpo no pesa más que el frío en piernas y el pecho deshecho, que se cubre bajo muchas telas que calientan los brazos y la espalda y que sin éxito el suelo jala hacia sí, en un intento de reclamar los sentimientos terrenales que no se mezclan con el deseo de pasar por el aire de forma inadvertida.
De manera que no se reconozcan nunca las mismas caras tristes, que miran a los ojos de uno antes de reconocer su reflejo. Que se llevan a donde no se deshacen de la mueca de incomodidad,a paso rápido, más allá de la banqueta de figuras geométricas.
Sobre la calle de dos caminos, uno que lleva y otro que trae, busco conocer el rostro que me dé respuestas. Uno de los dos. Uno de injusticias u otro de amorosa frustración. O el último, que sólo reconocería por mis esfuerzos al desear terminar con fallidos planes ajenos, para comenzar los propios sin matices del carmín que pintan por melancolías.
Es un dolor placentero que termina al final del camino, al topar con la calle perpendicular más próxima.
Sigue haciendo frío. Cubro mi cuello y mis manos.
Comienza la tercer parte del recorrido con pesadumbre en los hombros, y con ganas de volver atrás, cuando el cuerpo no reclamaba viajar sólo y la única fuerza que existía invitaba hacia el frente o se mantenía en un punto medio, para equilibrar los pasos que miraban siempre hacia arriba.
Sobre las aceras las personas tienen mochilas grandes, gorras y chamarras gruesas y no tienen rostro. Todos se hacen perder, se dejan de notar. Giran sus cabezas hacia el movimiento más cercano que les llame a su percepción, y regresan a ser invisibles.
Es allí donde se puede recordar la levedad.