Pensaba mientras lo veía acercase y pasaba por su suelo.
A esa hora, el agua formaba en él una luz amarillosa
permanente.
Las gotas cayendo me hacían imaginar a gente esperandome.
El ruido y la soledad distraía, cuando veía gente que no estaba.
Dije después, "Los vivos son más peligrosos que los muertos".
Mientras, mi espalda se volvió frágil, mis ojos débiles y alguien
más lo observaba desde el cuarto sobre las escaleras,
detrás del cristal.
A la luz artificial, me dí cuenta que tenía el cabello mojado
y con una breve mirada entendí que el hambre ya no me quería.
El hambre es caprichosa también.
De regreso, el agua y la humedad mezclaban el ambiente. Ya
dejaban de existir los lugares precisos, los momentos necesarios
y volvía el silencio.
Las pausas marcaban el tiempo de las estrellas cayendo.
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