En casos extremos cualquiera diría que dentro de ella nunca habría momentos sólidos que no pueden desaparecer sobre otros, derritiéndose, drenándose, escurriéndose.
Si no la conociera mejor que nadie, no diría nunca que la pobre se ahoga entre tantos pendientes, sentimientos, deseos, recuerdos y pensamientos ajenos que nunca debieron colarse.
Y así, volviendo a la realidad y a la habilidad de pensar en uno mismo como el don que Dios me dió: mimándome, dejándome querer, desahogandome cuando es necesario, mimándome de nuevo... acariciarme el cabello con todo el amor posible nunca resultó tan tranquilizador como ningún otro método utilizado recientemente.
Pero no existe tanto egocentrismo, todavía dejo que me toquen la cintura. Estándo yo al pendiente del camino que recorran las miradas que no son conocidas ni estudiadas por el tiempo, claro.
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